En la primera mitad del siglo XII, Almería no era solo un gran puerto del Mediterráneo: era también uno de los centros del sufismo de al-Ándalus. En el corazón de ese movimiento estaba un maestro nacido en la ciudad, Ibn al-ʿArīf, cuya fama acabó inquietando al poder almorávide.
La Almería del siglo XII
Bajo los almorávides, Almería vivía uno de sus mejores momentos. Su puerto comerciaba con todo el Mediterráneo y sus talleres de seda tenían fama en medio mundo. Con el dinero llegaban también los sabios: juristas, tradicionistas y maestros espirituales. En ese ambiente nació y enseñó Ibn al-ʿArīf.
El hombre
Abū l-ʿAbbās Aḥmad ibn al-ʿArīf (ابن العريف) nació en Almería en el año 1088 (481 de la hégira). Su sobrenombre, según las fuentes, procede del oficio de su padre: un ʿarīf, una especie de jefe o vigilante de la guardia.
Se formó primero en las ciencias tradicionales: el Corán y sus lecturas, el hadiz y la lengua árabe. Fue un hombre de letras respetado antes de ser un maestro espiritual. Con el tiempo, a su alrededor se reunió un círculo de discípulos que lo visitaban, le escribían desde otras ciudades y lo consideraban su sheij. Almería se convirtió así en uno de los focos del sufismo andalusí, en contacto con otros maestros de su tiempo, como Ibn Barrajān en Sevilla.
Su obra: «Las bellezas de las sesiones»
Su libro más conocido es Maḥāsin al-majālis (محاسن المجالس), «Las bellezas de las sesiones». Es una obra breve y muy densa que recorre las etapas del camino espiritual, las llamadas «estaciones» (maqāmāt): el arrepentimiento, la renuncia, la confianza en Dios, la paciencia, el amor…
Lo original de Ibn al-ʿArīf es el giro que da a ese esquema. Para el principiante, las estaciones son peldaños que hay que subir. Pero para el que de verdad conoce a Dios (el ʿārif), quedarse en cualquiera de ellas, por elevada que sea, es una distracción: buscar la propia perfección sigue siendo buscarse a uno mismo. La meta no son las estaciones, sino Dios.
Esta enseñanza dejó huella. Ibn ʿArabī, el gran místico murciano nacido una generación después, lo cita con respeto. Ya en el siglo XX, el arabista Miguel Asín Palacios editó y tradujo el Maḥāsin al-majālis y lo dio a conocer en Europa.
El viaje a Marrakech
El éxito de los maestros sufíes no gustaba a todos. Los alfaquíes que dominaban la vida religiosa almorávide desconfiaban de unos hombres que atraían discípulos por su cuenta, hablaban de un saber interior y, sobre todo, tenían seguidores leales. En una época de crisis para el imperio, eso parecía un peligro político.
Hacia 1141, el sultán almorávide ʿAlī ibn Yūsuf hizo llamar a Marrakech a Ibn al-ʿArīf y a Ibn Barrajān. Ibn al-ʿArīf murió allí ese mismo año (536 de la hégira); algunas fuentes hablan de envenenamiento, aunque no hay certeza. Ibn Barrajān murió también en Marrakech, en prisión. Pocos años después, el imperio almorávide se hundía, y en el Algarve estallaba una revuelta encabezada por Ibn Qasī, un sufí relacionado con el círculo de estos maestros.
Su tumba en Marrakech fue durante siglos un lugar de visita y devoción.
Para quedarse con algo
Ibn al-ʿArīf demuestra que la Almería andalusí fue algo más que un puerto rico: fue un lugar donde se pensó a fondo sobre el camino espiritual. Su idea central, que ni siquiera la virtud debe convertirse en un ídolo, enlaza con lo que vimos en otros estudios: el desapego que llega hasta soltar al propio yo que se esfuerza.
Fichas de este artículo
Autores:
Ibn al-ʿArīf ·
Ibn Barrajān
Obras:
Maḥāsin al-majālis